Amor de Dios

Salmo 102 (103) Dios es amor

[1] Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi interior, a su santo Nombre.

[2] Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios.

[3] Él perdona todas tus culpas, cura todas tus dolencias.

[4] Él rescata tu vida de la fosa y te corona con su bondad y compasión.

[5] Él te sacia de bienes en la adolescencia y tu juventud se renueva como la de un águila.

[6] El Señor hace justicia y defiende a los oprimidos.

[7] Enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los israelitas.

[8] El Señor es compasivo y clemente, paciente y misericordioso.

[9] No está siempre pleiteando ni guarda rencor perpetuo.

[10] No nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.

[11] Pues como se eleva el cielo sobre la tierra, así vence su misericordia a sus fieles.

[12] Como dista la aurora del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos.

[13] Como un padre se enternece con sus hijos, así se enternece el Señor con sus fieles.

[14] Pues él conoce nuestra condición y se acuerda de que somos barro.

[15] El hombre dura lo que la hierba, florece como flor campestre,

[16] que el viento la roza, y ya no existe, su puesto no vuelve a verla.

[17] Pero la misericordia del Señor con sus fieles dura desde siempre hasta siempre; su justicia pasa de hijos a nietos,

[18] para los que guardan la alianza y recitan y cumplen sus mandatos.

[19] El Señor afirmó en el cielo su trono, su reinado gobierna el universo.

[20] Bendecid al Señor, ángeles suyos, poderosos ejecutores de sus órdenes, prontos a cumplir su palabra.

[21] Bendecid al Señor, ejércitos suyos, servidores que cumplís su voluntad.

[22] Bendecid al Señor, todas sus obras, en todo lugar de su imperio.

Bendice al Señor, alma mía, al Señor

 

 

 

 

 

Este salmo habla de nuestra debilidad, conocida por Dios que tiene piedad de nosotros. Se podría, por lo tan­to, titularlo: «Él sabe de qué estamos plasmados (de barro)». Sin embargo, el salmo expresa mucho más y, de hecho, ha sido llamado el Te Deum del Antiguo Testamento o, po­dríamos decir, el Magnificat del Antiguo Testamento.

Es necesario tratar de buscar juntos cuál es, en reali­dad, el corazón del salmo. Tengamos presente que la Bi­blia de Jerusalén lo titula «Dios es amor», haciéndonos comprender el contenido teológico del himno, mientras que otras traducciones prefieren hablar de «Gran acción de gracias después del perdón», desde el momento en que el salmista subraya también esta situación. Las dos son válidas.

Se llaman «alfabéti­cos» aquellos salmos en los cuales cada versículo co­mienza con una letra diferente y sucesiva del alfabeto (por ejemplo el salmo 112 ó el 118: ‘alef, beth, ghimel, daleth, he, waw, zain, etc.).

Por otra parte, el hecho de que tenga el mismo núme­ro de versículos que de letras del alfabeto nos permite pensar que el salmo 102 nos presenta la alabanza a Dios como algo total; en la alabanza a Dios lo tenemos todo, es un discurso completo.

Meditación

El gusto de la alabanza y el coraje de perdonarse son dos aspectos del mensaje contenido en el salmo para no­sotros hoy. Os ofrezco, por consiguiente, dos indicacio­nes que considero útiles para que cada uno de vosotros llegue a comprenderlas. ¿Sé hacer experiencia de la alabanza?

Es preciso partir de la percepción de que, a menudo, somos perezosos en la alabanza, nos cansamos de alabar y de dar gracias, mientras que estamos dispuestos a la­mentamos, a criticar, a subrayar, probablemente de ma­nera silenciosa, lo que no está en los otros.

¿Estamos igualmente dispuestos a decir: Señor, te doy gracias; alma mía, bendice al Señor, cuanto hay en mí bendiga tu santo nombre?

Comencemos a reaccionar pronunciando estas pala­bras y advertiremos cómo experimentamos el gusto, comprenderemos cuán bello y justo es repetirlas. De la misma manera como en una excursión por la montaña, los músculos al principio son perezosos, torpes, pero gradualmente se calientan y el camino se convierte en más animado, en más verdadero, así también en alaban­za. Si estamos viviendo un momento molesto, oscuro, árido, pero nos esforzamos en bendecir al Señor, descu­brimos que tenemos muchos motivos para alabarlo y en­tonces todo se disuelve, casi de manera milagrosa, todo se clarifica y se ilumina; entramos en una sensación de ver­dad que, quizás, raramente experimentamos.

¿Tenemos el valor de perdonarnos? Alguna vez, escuchándome a mí y a otros, tengo la impresión de que vivimos una especie de esquizofrenia, de división interior por cuanto hace referencia a nuestras debilidades, a nuestras fragilidades. Ya que, por una par­te, la mayoría de las veces no somos vigilantes; pasamos por encima de muchas faltas, de muchas culpas, somos negligentes; por otra parte, nuestras carencias y nuestras lagunas, a menudo, nos obsesionan y, en ciertos casos, no sabemos perdonamos las culpas.

Querría, es más, desearía decir a alguien: Dios te ha perdonado, pero eres tú quien no sabes perdonar ahora. Se trata, con frecuencia, de pequeñas culpas, de las que nos culpabilizamos de manera estéril. Recurramos, por lo tanto, a las palabras del salmista: «Como dista el oriente del occidente, así aleja de nosotros nuestras cul­pas. Como un padre tiene piedad de sus hijos, así el Se­ñor tiene piedad de cuantos lo temen».

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